«El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Solo el ojo alcanza la totalidad.»
Francisco Umbral, Mortal y rosa.
Apolo, el Sol, orgulloso de su victoria sobre la serpiente Pitón, vio a Cupido, el dios del amor, que doblaba su arco al tirar la cuerda y le dijo que un niño como él no tenía que manejar armas de los valientes, que se dedicara a encender el fuego de las pasiones amorosas; el arco era cosa suya, que podía matar a monstruos como la enorme serpiente de vientre venenoso. Cupido, hijo de Venus, ofendido por la prepotencia de Apolo, antes de marcharse volando a la cumbre del Parnaso, le amenazó: «Aunque tu arco pueda acabar con las fieras más temibles, el mío te va a atravesar a ti».
Cupido tiene dos tipos de flechas: las de oro, de afilada punta, enamoran; las de plomo, romas, crean repulsión. El dios clava una flecha de plomo en una bellísima ninfa, Dafne, al mismo tiempo que atravesó con una de oro a Apolo hasta llegar a las médulas de los huesos. Desde ese momento, el dios queda profundamente enamorado de la ninfa, mientras ella huye de él.
Dafne despreciaba a todos sus pretendientes, vivía feliz en lo más profundo de los bosques; solo una cinta sujetaba sus desordenados cabellos. Apolo siente que su corazón arde como la paja, se incendia como los campos por el fuego de una antorcha que un caminante abandona al hacerse de día. Quiere ala ninfa, la esperanza alimenta su amor estéril; se engaña con sus propios oráculos porque él, que predice el futuro, no ve el de su amor. Ve los cabellos desaliñados de Dafne y quiere peinárselos; ve sus ojos resplandecientes, ve su boca, que quiere besar; pero ella huye veloz como el viento y no se detiene a sus ruegos: Él la llama, le dice:
«Ninfa, por favor, párate; no huyas como la cordera del lobo, como la cierva del león, como las palomas del águila. No soy tu enemigo; te sigo llevado por mi amor. No vayasa caerte, no vayas a hacerte daño con las zarzas; no corras tanto, por favor; yo te seguiré también más despacio. Pero tienes que saber que yo no soy un pastor; soy hijo de Júpiter. Por mí se revela lo que va a ser, lo que es y lo que ha sido; por mí suenan armoniosamente canto y música. Mis flechas son poderosísimas, pero más lo ha sido la que ha herido mi corazón por primera vez. He inventado la medicina, sé el poder de las hierbas; pero de nada me sirve mi saber para curar la herida que el Amor me ha hecho».
Dafne no le deja acabar, huye aterrorizada. Corre, corre, la brisa mueve sus vestidos y sus cabellos. El viento ciñe su cuerpo y realza su belleza. El joven dios la persigue como el perro a una liebre: él busca la presa, ella quiere salvar la vida. Con el hocico el perro la roza, y la liebre, con un nuevo esfuerzo, se salva de la boca de su perseguidor que estaba a punto ya de apresarla. Así corren el dios y la ninfa. A él el amor le da alas; ella siente ya su aliento en la nuca, está agotada. Vencida por el cansancio, sus últimas fuerzas las transforma en palabras que dirige a su padre, el río Peneo: «Por favor, padre, ayúdame; si los ríos tenéis poder divino, cambia esta figura mía que ha gustado demasiado».
En cuanto acaba su ruego, un pesado torpor paraliza sus miembros. Una delgada corteza empieza a envolver su figura; sus cabellos se transforman en hojas; sus brazos en ramas; sus veloces pies en raíces inmóviles; su cabeza en copa de laurel: es ya un árbol bellísismo.
Apolo, también llamado Febo, apoya su mano en el tronco y siente cómo tiembla aún el pecho debajo de la corteza; la quiere aún, abraza sus ramas, besa la madera; se apartan todavía de él. El dios toma una decisión: «Puesto que no puedes ser mi esposa, serás mi árbol. Siempre te llevarán mi cabellera, mi cítara, mi aljaba. Los triunfadores de los juegos a mí dedicados se coronarán contigo. Tus ramas, como mi cabellera, llevarám siempre hojas».
Y el laurel agitó la copa como si asintiera con la cabeza.

Apolo y Dafne (1621) de Juan Lorenzo Bernini.
A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu'el oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo 'staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!
La historia más famosa en la que Orfeo aparece es la de su esposa,
Eurídice. Eurídice es a veces conocida como Agriope. Mientras huía de
Aristeo fue
mordida por una serpiente y murió. Consternado, Orfeo tocó canciones tan tristes y cantó tan lastimeramente, que todas las ninfas y dioses lloraron y le aconsejaron. Orfeo descendió al mundo inferior y con su música ablandó el corazón de Hades y Perséfone (la única persona que lo ha hecho alguna vez), los cuales permitieron a Eurídice retornar con él a la tierra. Pero se incluyó la condición de que él debía caminar delante de ella, y de que no debía mirar hacia atrás hasta que hubiera alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen a Eurídice. Si lo hace, la perderá para siempre. La prohibición siempre lleva al pecado, sino mira Adán y Eva.
Caminan por pasajes de silenciosa quietud, siguen un camino empinado, abrupto, oscuro, en medio de negras tinieblas, hasta llegar al límite de la tierra. Allí, por miedo a que Eurídice no tuviese fuerzas y ansioso por mirarla, Orfeo volvió la cabeza, y al instante ella cayó de nuevo al abismo. La vio por última vez extendiendo sus brazos para abrazarle, y lo único que podía abrazar era el aire. Al morir por segunda vez, Eurídice no se queja de nada; no podía reprocharle nada a su esposo, porque su única falta fue amarla demasiado -en algunas versiones se lee que la mimsa Eurídice le va diciendo a Orfeo que si no la mira es porque ya no la quiere...típico de las mujeres: "ai cariño ya no me quieres, prefieres el fútbol antes que a mí; te gusta más estar con tu amigos..."¡aaaaaaais!-. Le dice un último adiós, que apenas puede llegar a oídos de Orfeo, y desciende de nuevo al lugar de donde estuvo a punto de salir.
Orfeo suplica de nuevo a los dioses, quiere volver a pasar el río Aqueronte, pero el barquero Carón no lo acepta en su barca. Estuvo siete días sentado en la orilla, desaliñado y sin comer nada; bebió sus lágrimas. Llamó crueles a los dioses del Hades y se retiró a la cima de un monte, donde soplaba el frío Aquilón (...)
El último terceto de un soneto de Góngora que conociendo:
¡Mas ay, que cuando no mi lira, creo
que mil veces mi voz te revocara,
y otras mil te perdiera mi deseo!

Orfeo y Eurídice por Federico Cervelli.
La danza regular de tu pecho respirando junto a mí, la fiesta de tus ojos siempre que me miras, tú, y tu alegria cuando ríes, tú, tan sólo tú, y la armonía con que te mueves te escucharé por ser tan sólo para mí, por mí .
Ahora no preguntes ya cuándo volveré,
no insistas tú una vez más,
quizás te llamaré.
No te prometo nada, aunque sé que me gustas,
hoy no, no te prometo nada.
Nos vemos poco, ya lo sé,
las reglas son así.
No basta el tiempo pero sé que yo,
por el momento no, no te prometo nada.
Sabes que una vez yo he probado
y que he mantenido todo,
con toda mi fuerza creí
y terminó así y terminó así.
Sí, volveré a enamorarme un día
ahora no sé si será de ti.
Sí, un lugar habrá dentro de mí
quizás llenarlo tú podrás,
pero tú ahora no me pidas nada más.
Respuestas no te puedo dar, si un día cambiara.
No te prometo nada, solo sé que estoy mejor contigo
y mi próximo destino ya podrías ser tú quizás.
No digo ya más. No digo ya más.
Sí, volveré a enamorarme un día
ahora no sé si será de ti.
Sí, un lugar habrá dentro de mí
me gustaría que fuese para ti.
Sí un lugar habrá dentro de mí
para una palabra que diría para ti solo sin pensar,
para ti solo sin pensar en ella más.
Pensar en ella más.
No te prometo nada (Eros Ramazzotti).
No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Canta Clara Montes: "A Trabajos Forzados".
«Lucas: ¡Peyton! Eres tú. Peyton: ¿Qué? Lucas: La persona que quiero a mi lado cuando todos mis sueños se hagan realidad... eres tú. Eres tú, Peyton». One Tree Hill, episodio 409 “Some You Give Away”
«En ciertas reencarnaciones, nos dividimos. Así como los cristales y las estrellas, así como las células y las plantas, también nuestras almas se dividen.
Nuestra alma se transforma en dos, estas nuevas almas se transforman en otras dos, y así en algunas generaciones, estamos esparcidos por buena parte de la tierra.
Hacemos parte de lo que los alquimistas llaman el ANIMA MUNDI, el Alma del Mundo.
En verdad, si el anima mundi se limitara a dividirse, estaría creciendo pero también quedándose cada vez más débil. Por eso, así como nos dividimos, también nos reencontramos. Y ese reencuentro, se llama Amor.
Porque cuando un alma se divide, siempre se divide en una parte masculina y una femenina.
En cada vida, tenemos una misteriosa obligación de reencontrar por lo menos, una de esas Otras Partes...
- ¿Cómo es posible reconocer a la Otra Parte? -
Es posible conocer a la Otra Parte por el brillo en los ojos: esa, es la tradición del sol; así, desde el inicio de los tiempos, las personas reconocían a su verdadero amor.
Según la tradición de la luna, existe otro procedimiento: un tipo de visión que mostraba un punto luminoso situado encima del hombro izquierdo de la Otra Parte.
Corriendo riesgos. Corriendo el riesgo del fracaso, de las decepciones, de las desilusiones, pero nunca dejando de buscar el Amor.
Quién no desista de la búsqueda, vencerá.
Somos responsables de reunir nuevamente, a la Otra Parte que se cruzará en nuestro camino.
Aunque sea por unos instantes siquiera; porque esos instantes traen un amor tan intenso que justifica el resto de nuestros días.
También podemos dejar que nuestra Otra Parte siga adelante, sin aceptarla o siquiera percibirla. Entonces necesitaremos más de una encarnación para encontrarnos con ella.
Y, por causa de nuestro egoísmo, seremos condenados al peor suplicio que hemos inventado para nosotros mismos:
¡La soledad!»
Paulo Coelho.